
Tarjeta roja al incumplidor!
Estamos a pocas semanas de que el mundo se paralice frente a una pelota. En un Mundial, como en cualquier partido de fútbol, una falta puede cambiar el resultado: una amarilla a tiempo, una roja que deja a un equipo con diez, un VAR que confirma lo que parecía dudoso. ¿Qué tenemos? Reglas claras, sanciones concretas.
En la vida cotidiana, fuera de estadios y tribunas, también hay reglas. Y una que cobra mucha relevancia cuando hay padres divorciados/separados es la obligación de pagar la cuota alimentaria.
Pero… ¿Qué pasa cuando esa obligación resulta incumplida?
La cuota alimentaria, lejos de ser un “acuerdo entre adultos”, es un derecho de los niños, niñas y adolescentes menores de edad. Así lo establece el Código Civil y Comercial de la Nación, que define a los “alimentos” en un sentido amplio; esto es, no se trata solo de comida, sino también de vivienda, salud, educación, vestimenta y todo lo necesario para el desarrollo integral.
En pocas palabras, no es una ayuda voluntaria. Es una obligación legal.
De la advertencia a la sanción
Como en el fútbol, están previstas distintas “faltas” y sus consecuencias. Cuando una persona obligada no paga, lo primero suele ser la intimación judicial, una suerte de advertencia inicial. Pero si el incumplimiento persiste, el escenario cambia.
Los juzgados de familia pueden ordenar medidas concretas para asegurar el pago:
• Embargos sobre sueldos o cuentas bancarias
• Retenciones directas de ingresos
• Prohibición de salida del país
• Inscripción en registros de deudores alimentarios morosos
• Suspensión de licencias
La jurisprudencia viene reforzando esta lógica. En distintos fallos de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil se ha sostenido que las medidas restrictivas -como la prohibición de salir del país o ciertas limitaciones administrativas- son válidas cuando están orientadas a garantizar el interés superior del niño.
Incluso la Corte Suprema de Justicia de la Nación ha reiterado que el derecho alimentario tiene jerarquía prioritaria, por su estrecha vinculación con derechos fundamentales, lo que justifica la adopción de herramientas eficaces para su cumplimiento.
La lógica es clara; se trata de garantizar un derecho básico.
El partido en casa: impacto real en los barrios
En zonas urbanas como las nuestras, donde el costo de vida no da respiro, la cuota alimentaria suele ser una pieza fundamental para sostener la vida diaria. Por ello, cuando ese ingreso falta, no hay reemplazo. Y lo que aparece en los expedientes judiciales como “incumplimiento”, en la vida real se traduce en decisiones difíciles y urgentes. Por eso, los juzgados de familia no sólo aplican sanciones; también buscan soluciones rápidas, acuerdos, mecanismos que permitan que el dinero llegue a tiempo. Porque en estos casos, el reloj corre distinto.
El “VAR” internacional: ¿Qué pasa en Estados Unidos?
A nivel internacional, algunos sistemas legales han llevado estas reglas un paso más allá. En Estados Unidos, por ejemplo, el control del cumplimiento suele ser más automatizado y directo.
Entre las medidas más habituales se encuentran:
• Descuentos automáticos del salario
• Retención de devoluciones impositivas
• Suspensión de licencias de conducir o profesionales
• Restricciones para obtener o renovar el pasaporte
• Impacto en el historial crediticio
El objetivo es reducir al mínimo la posibilidad de incumplimiento sostenido. Como si el VAR funcionara en tiempo real: detecta la falta y activa la consecuencia casi sin demora.
Reglas claras, responsabilidades concretas
Volviendo a nuestra realidad, el mensaje es simple: cumplir con la cuota alimentaria es una responsabilidad legal y social, no es una opción ni un gesto de buena voluntad.
Porque, al igual que en el fútbol, las reglas están para cumplirse. Y cuando se trata de derechos de chicos y chicas, no hay margen para jugar fuera de la cancha.
Dra. Romina CATENA - Abogada (UBA)
T° 92 F° 321 CPACF. T° XVI F° 836 CAM.
Especialista en Derecho de Familia
Atención en CABA y Pcia. de Bs. As.
IG: rominacatena_abogados
El cielo ya está avisado
En Almagro, el Mundial no arranca cuando suena el silbato en la tele, arranca cuando el barrio se pone en modo “cábala”. Faltan pocos días para el debut y el aire por las calles del barrio ya huele a esperanza.
Mi recorrida de siempre empezó en Tuñín. Es fija: antes de que empiece la Copa, hay que clavar una de muzzarella ahí, de dorapa y sin mucha vuelta. En la barra no se habla de otra cosa. El ambiente está picante, con los pibes del barrio discutiendo si el lateral llega a cerrar el segundo palo o si el técnico no se mandó una macana con los jugadores convocados.
El ruido de las palas sacando la pizza del horno es el único sonido que le gana a la charla. Comés ahí, con el aceite chorreando un poco, sintiendo que esto, es parte de la cábala para ser los ganadores.
Después de la pizza, encaré para la Basílica de San Carlos. Me paré frente a la puerta, ahí donde se bautizó el Papa Francisco, y Gardel cantó en el coro. Entré despacio, dejando atrás el ruido de los colectivos. Adentro, el silencio te envuelve de una forma distinta.
Me quedé mirando hacia arriba, a esa cúpula inmensa, y sentí un escalofrío. Dicen que por acá todavía camina el alma del Padre Lorenzo Massa, cuidando que a San Lorenzo y a su gente nunca les falte el aliento. No soy de pedir milagros, pero apoyé la mano en la madera fría de un banco y cerré los ojos. No pedí un gol, pedí que bajara una luz para los nuestros y que seamos merecedores de ganar esa Copa, y que esa victoria nos una mucho más a todos los argentinos.
Para bajar un poco la mística, terminé en Las Violetas. Es otro mundo: pasás del silencio místico de la iglesia a los vitrales y el mármol de Medrano y Rivadavia. Me pedí un cortado y me puse a mirar por la ventana. Veo a la gente pasar con la esperanza en sus miradas, a los pibes con la camiseta de Argentina puesta arriba de la del Cuervo, y te das cuenta de que Almagro es eso. Es una mezcla de esperanza y de fe.
Volví a casa caminando tranqui, viendo las banderas que ya cuelgan de los balcones en los edificios antiguos. El barrio está esperando, masticando la ansiedad. Ya comí en Tuñín, ya busqué la bendición en la Basílica y tomé el café en Las Violetas. Ahora a esperar el mundial, que yo, ya hice mi parte y el cielo, por las dudas, ya está avisado.
Daniel Filgueiras
Informática para adultos