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Recuperá tu energía vital: taller práctico de armonización de chakras

 

¿Buscás equilibrio y bienestar?

¿Te sentís cansado, estresado o con bloqueos emocionales?

 

Armonizar tus chakras te permite desbloquear tu potencial y fluir realizando una alineación de tus centros energéticos.

La armonización de chakras o alineación de chakras es una práctica energética que busca eliminar bloqueos y equilibrar los centros de energía del cuerpo para que la vitalidad fluya libremente. Se basa en el principio  de que tenemos siete vórtices principales que influyen en nuestra salud física, mental y emocional.

Para explicar por qué la Armonización ayuda a eliminar bloqueos, podemos usar la analogía de un río. Cuando el agua fluye libremente, el ecosistema está sano; pero si caen piedras o ramas (estrés, traumas, emociones reprimidas), el agua se estanca y se pudre.

 

La ciencia energética detrás de la armonización

Nuestro cuerpo no es solo materia; es un campo electromagnético constante. Los chakras actúan como transformadores de energía que distribuyen la fuerza vital (Prana o Qi) a nuestros órganos y sistema nervioso.

 

¿Qué es un bloqueo?

Es energía que se ha vuelto densa o “lenta” debido a patrones de pensamiento negativos, estrés sostenido o heridas emocionales no resueltas. Esa densidad impide que el chakra gire a su frecuencia natural.

 

¿Cómo actúa la armonización?

Mediante técnicas como el sonido, el color, la intención, la vibración, la visualización y la invocación, introducimos una frecuencia armónica externa. Por el principio de resonancia, el chakra que está “desafinado” comienza a vibrar nuevamente en su frecuencia correcta y armónica.

 

Los 3 Efectos Clave de la Armonización

1- Desintegración de densidad

La vibración rompe los nudos energéticos, permitiendo que la energía “estancada” se ponga en movimiento.

2- Alineación del eje

Al igual que se alinea la dirección de un auto, la armonización asegura que los 7 centros trabajen en equipo y no de forma aislada.

3- Restablecimiento del flujo

Una vez libre el camino, la energía sube por el canal central (Sushumna), lo que sentimos como una sensación de ligereza y claridad, aumentando la vitalidad, certeza del propósito y conexión con el entorno, naturaleza y más.

En el taller utilizaremos visualización, sonidos, colores, respiración, meditación, fijación de objetivos, etc. para disolver esos obstáculos. Al liberar el flujo, no solo mejora tu ánimo, sino que recuperás la claridad mental y la fuerza física que ya habitan en ti.

 

“El universo conspira a tu favor cuando tu energía está en equilibrio”

 

Armonización, una vez por semana, grupal o individual. Presencial /on line

Te esperamos.

 

Lic. Paula Narvaez

Psicóloga

IG: @soypaulanarvaez

Presencial - Virtual - Zoom

 

 

 

 

El verano que cabía en una valija

 

La valija siempre parecía demasiado chica para tanto verano.

Mamá la abría sobre la cama y empezaba el ritual: mallas, ojotas, toallones con olor a suavizante, protector solar que jamás alcanzaba y una bolsa misteriosa donde iban “por las dudas” buzos que nadie quería usar. Papá, mientras tanto, bajaba las reposeras como si fueran tesoros de guerra, y yo miraba el reloj cada cinco minutos, convencido de que el mar nos estaba esperando.

El viaje a Mar del Plata empezaba de noche. Salíamos cuando la ciudad todavía bostezaba y las luces de las avenidas parecían estrellas bajas. Yo me acomodaba en el asiento de atrás con una almohada y la promesa de no preguntar “¿cuánto falta?”… promesa que rompía antes del primer peaje.

La ruta tenía algo mágico. A medida que avanzábamos, el aire cambiaba. Las ventanillas bajaban y entraba ese olor a campo que anunciaba que lo cotidiano quedaba atrás. En la radio sonaban canciones viejas que mis padres cantaban a los gritos, y yo hacía como que me molestaba, pero en secreto me gustaba ese pequeño concierto familiar.

Y entonces, después de horas que parecían días, llegaba el momento más esperado: la primera curva donde, de pronto, aparecía el mar. Azul, enorme, brillante. Papá siempre decía: “Ahí está”, como si lo hubiera descubierto él.

Yo sentía que el corazón me latía más rápido. Era como si el verano comenzara exactamente en ese punto del mapa.

En la playa todo era exagerado: las olas eran gigantes (aunque los adultos dijeran que no tanto), los churros eran más ricos que en cualquier otro lugar del planeta y el viento despeinaba hasta las ideas. Construíamos castillos que el agua demolía sin pedir permiso. Jugábamos a enterrarnos hasta el cuello. Corríamos hasta el agua fría y volvíamos gritando como si hubiéramos cruzado el Polo Norte.

A la tardecita, cuando el sol empezaba a caer, la arena se enfriaba y el cielo se pintaba de naranja. Caminábamos por la orilla buscando caracoles perfectos, convencidos de que cada uno era un tesoro único.

A veces, el viento traía olor a pochoclo y a algodón de azúcar desde los juegos cercanos. Otras veces, nos sentábamos simplemente a mirar el horizonte, como si allí estuviera guardado algún secreto.

Las noches eran otro mundo. Paseos por la peatonal, luces, helados que se derretían demasiado rápido y la sensación de que el día nunca terminaba del todo. Yo me dormía rendido, con la piel tibia por el sol y la cabeza llena de ruido de olas.

Pero el verano, como todo lo bueno, tenía fecha de regreso.

La vuelta era distinta. La valija, ahora llena de arena escondida, parecía pesar más. El viaje de regreso tenía menos canciones y más silencios. Yo miraba por la ventana pensando que el mar se iba achicando en el espejo retrovisor, como si se despidiera.

Sin embargo, algo cambiaba cuando llegábamos a casa. Al abrir la puerta, el olor familiar del barrio me daba la bienvenida. Y, aunque no lo admitiera enseguida, empezaba a sentir una emoción nueva: el reencuentro.

El primer día de colegio tenía algo de estreno. Cuadernos nuevos, zapatillas limpias y esa mezcla de nervios y entusiasmo. Apenas cruzaba la puerta del aula, las voces conocidas explotaban como fuegos artificiales.

- ¡Volví! gritaba alguno desde el fondo.

- ¡No sabés lo que me pasó en la playa! decía otro sin respirar.

Entonces empezaban las historias. Que una ola gigante, que un pez misterioso, que una carrera en la arena, que un helado de tres pisos que terminó en el suelo. Cada uno traía su propio pedacito de verano para compartir. Y, de repente, el aula se llenaba de mar.

Nos mirábamos distintos: más altos, más bronceados, más grandes. Como si el verano no solo nos hubiera dado vacaciones, sino también un pequeño empujón hacia adelante.

Ese día entendí algo importante: el verano no se termina cuando volvemos. Se guarda. En la mochila, entre los cuadernos. En la memoria, como una postal. En la risa compartida cuando contamos anécdotas.

Porque el mar cabe en una valija, sí. Pero también cabe en las historias contadas entre la gente que queremos.

 

Daniel Filgueiras

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